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lunes, 17 de enero de 2011

Dinero con papas


El otro día, en este post, les contaba a nuestros amigos sobre una de las preguntas que me había guiado a estudiar Economía.

Siempre me quedó grabado algo que nos dijo el profesor Carlos Leyba: “los economistas deben llevar el pensamiento crítico a la sociedad”. (les recomiendo que tomen el tiempo de leer la nota que linkie qué, aunque es de un tiempo atrás, no tiene desperdicios).

Su afirmación yo la interpreté así: “los economistas no deben casarse con nadie y deben examinar todo, incluso sus propias ideas, y realizar una crítica constructiva para ofrecerle a la sociedad”. En cierto punto, es similar a la “duda metódica” de Descartes, pero sin necesidad de creer en Dios para dejar de dudar de algo: simplemente hay cosas de las que no se duda, mientras nadie haga dudar demasiado al resto.

La pregunta, sobre la que les contaba los otros días, era ¿ Por qué no terminar con la pobreza y con los problemas económicos de las personas emitiendo más dinero?

Este post puede parecer excesivamente tonto a la mirada de los economistas. Sin embargo, en nuestro país parece no haberse arribado a un consenso en lo que refiere a la emisión monetaria descontrolada y sus consecuencias, por lo que la pregunta cobra cierto sentido. Ese sentido es, por supuesto, limitado. Ninguna de las personas que cree que seguir estimulando la demanda agregada vía emisión no causará una espiral hiperinflacionaria puede sostener esto si hablamos por ej. de una tasa de crecimiento de la emisión de dinero “infinita” (si bien esto es una exageración, seguramente hay un nivel de crecimiento de la emisión a partir del cual lo considerarán suficientemente conflictivo).

Una “linda” explicación, de por qué no es posible emitir irrestrictamente sin que eso genere un proceso inflacionario que termine consumiendo y/o empeorando todos los “beneficios” de dicha política, es pensar en lo que ocurriría si existiera sólo un bien para vender y que es demandado por (al menos) dos personas. Si aumentamos el stock de dinero y se lo damos equitativamente a los dos consumidores, ellos estarán dispuestos a pagar más para hacerse con ese único bien (piensen lo que harían uds. en una subasta de la obra maestra que más les interesa, suponiendo que no tienen otra cosa en que gastar, debido a que todas las necesidades básicas ya están cubiertas para todos).

De ese modo, se explicaría que el precio del bien suba, generando inflación (si suponemos que el bien en cuestión es una canasta de consumo de una familia promedio, arribaríamos a esta conclusión).
Es cierto que un mundo tan irreal y caricaturizado cuesta extrapolarlo a la vida real del mundo en que vivimos. Estaba a punto de seguir buscando argumentos, pero de pronto me encontré leyendo este párrafo de D.H. Robertson que quiero compartir.

"Tal y como son las cosas, la facilidad con que pueden hacerse anticipos en cualquier clase de dinero lubrica las ruedas del progreso material; pero el resultado es que la gente tiende a confundir las monedas, que son simples certificados de un derecho a obtener mercancías que pueden no existir siquiera, con las mercancías mismas, y a abrumarse de penalidades y desilusiones de todo género. Adam Smith comparó una vez al dinero a un camino por el cual pasa al mercado toda la producción de la región, pero que en sí no produce un ápice de nada. A nadie se le ocurriría comerse un camino, y, sin embargo, el hombre se sorprende constantemente al descubrir que no puede comerse el dinero, como se dice que los turcos se sorprenden cada año de que llegue el invierno.* 
En cierto modo, no parece haber mucho para agregar. Pero, como decíamos antes, tratándose de la ciencia del desencanto, está bienvenida la crítica y el disenso.

¿A nadie le dio ganas de comerse unos Roca con papas?

Saludos,

M.I.

 
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